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¿Racistas nosotros?

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El racismo en Argentina no es sencillo de explicar porque por un lado es negado sistemáticamente y porque se potencia junto a otros prejuicios, como el odio de clase, el machismo y la justificación de la explotación laboral, difuminando las fronteras entre éstos últimos. La interseccionalidad no sólo agrava la situación de dichas minorías, sino que además complica la visibilización del problema real.

El primer mito sobre el que se construye el racismo en nuestro suelo es el del país europeo en América Latina. Es el de la nación blanca a la que aspiraba Sarmiento cuando fomentaba la inmigración para recibir ciudadanos del norte de Europa a quienes veía como portadores de civilización. Sin embargo, la llegada masiva de italianos y españoles, quienes decidieron venir huyendo de crisis y guerras, frustró sus planes. La negación de los orígenes indígenas y afrodescendiente es total. A esto hay que agregarle el arribo permanente de inmigrantes de países limítrofes, sepultando los sueños húmedos que el padre del aula había concebido en sus viajes a Estados Unidos. La historia oficial (oligarca) de nuestro país se encargó de borrar de sus páginas la venida de chilenos, uruguayos, peruanos, paraguayos y bolivianos.

El segundo mito es la racialización de las relaciones de clase; por eso cuando se habla de “negro de mierda” o de “cabecitas negras” allá por principios del siglo XX, se asocia a la pobreza, a la clase baja, y en los últimos cincuenta años, a la delincuencia. Este debate acerca de los diferentes racismos se produjo en los años 70 y analizaba el desprecio de las clases dominantes hacia los sectores populares en tiempos del peronismo (1945/1955). Lo cierto es que más allá de los debates teóricos, los pueblos originarios y afrodescendientes primero, los pobres y los inmigrantes latinoamericanos luego, sufrieron todo tipo de maltratos y discrimnación.

En el caso de los pueblos originarios no se trata de prejuicios aislados, sino de un entramado estructural que ha negado sus derechos, territorios y cosmovisiones. La discriminación se manifiesta en ámbitos como la educación, el acceso a la salud y la justicia, y se ve agravada por la persistencia de estereotipos que los ubican en un lugar permanente de inferioridad o atraso con respecto a la “cultura blanca” hegemónica. Inferioridad que sirvió de justificativo para el genocidio producto de las sucesivas campañas que ocurrieron en el siglo XIX y que tuvieron a Julio Argentino Roca como su cara visible. Se calcula además que previo a las campañas, durante la conquista española, la colonización dejó como saldo que las poblaciones indígenas se redujeran a la mitad. Otra de las cuestiones a tener en cuenta es el etnocidio realizado, la desaparición de pueblos enteros. La destrucción de la lengua, la cultura y la identidad de abipones, huarpes, querandíes, mataguayos, charrúas, chaná, dan cuenta de ello. Esos datos son muestra de un racismo originario, de la construcción del Estado Nacional sobre la negación de los habitantes de estos parajes.

Respecto a los inmigrantes de países vecinos podemos plantear que es sobre quienes más investigaciones se han realizado. Las mismas comenzaron en los años 90 y demuestran que dicho racismo se materializa de diversas maneras. Por un lado, hay un aspecto laboral que deja en evidencia que detrás de todos los prejuicios se persigue un rédito económico, pagarles una miseria o hacerlos trabajar en puestos que nadie quiere por sus riesgos. Organizaciones como la Dirección Nacional de Migrantes y Refugiados de la CTA denuncia que el entramado burocrático institucional obstaculiza el acceso a derechos básicos a través de la imposibilidad de acceder al DNI. Se los acusa de quedarse con trabajos que deberían hacer los argentinos cuando son estos mismos los que rechazan esos empleos.

El racismo en Argentina tiene la característica de ser violento por un lado y negado por el otro, lo que dificulta notoriamente el abordaje de la problemática. El desprecio esconde el beneficio que los ricos sacan de los migrantes en nuestro país, haciendo todas las tareas duras, como la construcción, la industria textil o la agricultura. Aceptarlo significa reconocerles una ciudadanía plena, con acceso a los derechos amparados constitucionalmente. El único modo de dejar de ser una nación racista es reconocer que lo estamos siendo. Es abordar la problemática pensando en el largo plazo con una visión pluralista e integradora y dejar de lado los discursos de odio que tienen origen en el poder real, y que sacan ventajas económicas, políticas y sociales de los sectores a los que estigmatiza, y a los que les niega una vida digna. Dejar de ser racistas es una posibilidad, si dejamos de allanar el camino a los mercaderes del templo que deberían haber sido echado a patadas en el culo hace ya mucho tiempo.

Publicado en el semanario El Eslabón del 1/8/26

https://redaccionrosario.com/2026/08/03/racistas-nosotros

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